María Lagos
“Camina que camina, María Lagos”... El flaco con aire intelectual va en el vagón del tren, le fastidia la luz titilante mientras intenta leer. Decide cerrar el libro. Saca un abrigo de su maleta y cierra los ojos. Sueña con un pantano, con un pozo negro y humeante. De él emerge un seno turgente, blanco y redondo coronado por un pezón perfecto. Se despierta asustado, sudando. Ya se ha hecho de día. El sol entra por las persianas de manera perpendicular. Él se escabulle de la luz, ora, y se persigna. Se levanta y saca de su maletín la sotana, la alisa con la mano y mira la hora en el reloj. Es momento de bajarse del tren. Llega a la estación y lo espera el dependiente en el mostrador, le han dejado un encargo para el “curita” nuevo de Puerto Rico. Es una vieja bicicleta oxidada que rechina a cada movimiento. El calor es abrasador, pero le han explicado que la iglesia queda retirada del caserío del pueblo y debe llegar solo hasta allá, como referencia le dicen que es cerca de un far...