RITOS Por Guillermo Valencia Segunda edición, 1914 ANARKOS De todo lo escrito amo solamente lo que el hombre escribió con su propia sangre. Escribe con sangre y aprenderás que la sangre es espíritu. Federico Nietzsche. En el umbral de la polvosa, puerta, sucia la piel y el cuerpo entumecido, he visto, al rayo de una luz incierta, un perro melancólico, dormido. ¿En qué sueña? Tal vez árida fiebre cual un espino sus entrañas hinca o le finge los pasos de una liebre que ante sus ojos descuidada brinca. Y cuando el alba sobre el Orbe mudo como un ave de luz se despereza, ese perro nostálgico y lanudo sacude soñoliento la cabeza y se echa a andar por la fragosa vía, con su ceño de inválido mendigo, mientras mueren las ráfagas del día para tornar a su fangoso abrigo. Hundido en la cloaca la agita con sus manos temblorosas, y de esa tumba miserable saca tiras de piel, cadáveres de cosas. Entre tanto, felices compañeros sobre la falda azul de las princesas y en las manos de nobles caballer...
Los gringos creen que desde la frontera de Mexico para abajo es todo lo mismo. La mejor comprobación es la última película "bodrio" de Hollywood sobre el ancianito Harrison Ford en 'Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal' , en la cual -con toda la razón- mi amiga Venus terminó dormida. ¿Y es que a quién se le ocurre? Primero pretenden que el resto de la humanidad se pegue una confundida tenaz con historias como que Nazca queda en el Cuzco, que en Perú existen catarátas de tres pisos, o que Pancho Villa fue el que le enseñó a Indiana Jones a hablar Quichua. Lo peor es que no ha existido una investigación previa, ni interés por ubicar historicamente o geográficamente bien a sus espectadores, ni siquiera para recrear desvergonzadamente a un supuesto profesor de arqueología Inglés que con semejante ignorancia al no poder distinguir entre FRANCISCO DE ORELLANA Y FRANCISCO PIZARRO tendría de inmediato un 0 en historia y en cultura general. No me vengan con que e...
Durante muchos años me he preguntado si soy bella. Lo hacía cuando niña mirándome al espejo antiguo del armario de mi abuela. Me empinaba para tratar de parecer más alta, para intentar pararme de forma que mi incipiente busto se viera protuberante. Recurrí a ponerme medias dentro de la camisa, usaba zapatos de tacón con tres tallas más grandes, collares de múltiples colores, colorete en las mejillas y los labios. Intenté, creo que como todas las niñas, parecer una mujer cuando no lograba entender que ya vendrían los senos, las anchas caderas, todo aquello. Con los años sigo frente al espejo. A mis 32 años aquel ritual ya no incluye un vistazo de cuerpo entero; tras dos hijos y mucho sedentarismo físico (vamos a que no es mental), hay que aceptar que en algunos sectores las carnes han caído de donde estaban, la flacidez ha hecho lo suyo en varias partes y aunque sé que hay muchas mujeres que se conservan maravillosas y las envidio, también a veces no puedo dejar de reír cuando como un p...
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